¿Cuán en juego están las relaciones bilaterales en el conflicto abierto por el caso del suboficial Ariza Mendoza, presunto espía, agravado en la actualidad por las descalificaciones a Chile del presidente Alan García? ¿Marca el caso en curso una crisis más, un hito más en el fuerte deterioro de las relaciones bajo la presidencia de Alán García? La presidenta Michelle Bachelet ha declarado ‘ofensivos’ los dichos del presidente de Perú. Respuesta clara y enérgica que podría ser el mejor antídoto para quienes no nos queda más que asombro por el lenguaje presidencial de Alan García: por lo de ‘republiqueta’ y otros insultos que el eco trajo desde la lejana Lima con lo que el presidente daña las bases de entendimiento entre los dos países. Chile difícilmente podrá evitar que el presidente Alan García continúe desmantelando las relaciones bilaterales – menos ahora, tras el caso del espía y de las condiciones que Chile debe cumplir si acepta la voluntad de la autoridad peruana que de otra forma advierte que revisaría las relaciones. El presidente García golpea y abusa verbalmente a Chile y en el mismo discurso habla de paz y de campaña contra el armamentismo. Mientras tanto la opinión pública chilena, concentrada en las próximas elecciones, respirando a la vez con alivio tras haber evitado los daños sociales inmediatos de la crisis internacional –observa inquieta el desarrollo de esta controversia. El candidato presidencial y ex presidente Eduardo Frei ha planteado sin rodeos su posición en este tema.
Chile logra liberarse de la tenaza retórica contradictoria del presidente García con dificultad. Es, por lo demás, una frustración observar cómo el nombre del país es estropeado para fines de política doméstica en Perú cada vez que surge un problema entre los dos países como es el caso en curso. Perú hace del conflicto con Chile un ingrediente semántico de su compleja identidad política, en tanto que Chile no requiere de conflicto con Perú para su propia personalidad histórica. Por eso no existe en Chile cultura antiperuana tangible como a veces quisieran hacer creer algunos comentarios antiperuanos para la audiencia lectora de los artículos de prensa que tratan del conflicto en curso.
Es sorprendente que luego de más de un siglo de historia, a 130 años, sentimientos generados por la Guerra del Pacífico parezcan persistir poderosamente en el inconsciente colectivo de la prensa de Perú; activados constantemente por la demanda de delimitación marítima, esta vez por un caso de espionaje, alimentan la propensión al trato belicoso del tema. Sorprende, por el acaloramiento de la argumentación presidencial, su exagerada retórica y animosidad vuelta animadversión. Quedan rebotando palabras y el trato ofensivo del presidente Alan García hacia Chile, hacia el país y su gente, no sólo a su presidenta, autoridades e instituciones. Palabras que no habrían estado dirigidas a ella precisó más tarde el gobernante aprista converso al nacionalismo según Rodríguez Elizondo. El presidente de Perú ha sancionado el caso de espionaje en un lenguaje de descalificación, de improbable espontaneidad dado que él sabía con anticipación acerca de las actividades del suboficial Ariza Mendoza. A diferencia de ocasiones anteriores, esta vez el agravio fue presidencial. Cruzó la clara diferencia que separa lo aceptable de lo inaceptable y manifiesta una violencia verbal que buscaría provocar una espiral de réplicas para dar vida y forma a un conflicto que alimente el neo-nacionalismo aprista del presidente.
La demanda marítima en La Haya es un conflicto construido por el Estado peruano que se proyectará por décadas, cualquiera sea su resolución. Es allí, en La Haya, donde Perú se juega el asunto de mayor interés contra Chile. Pero sus ramificaciones nerviosas mantendrán las relaciones bilaterales bajo gran estrés por mucho más tiempo que el proceso mismo. A pesar de la gran distancia que separa Lima de Santiago, casi tres mil kilómetros, la corriente de estrés genera neurosis en las relaciones como si tal distancia no existiese. Tal vez esto explique en parte la dificultad para entender los roles de uno y otro: para Lima tal distancia parece no existir en la dimensión emocional de un nacionalismo cuya subjetividad permanece aún habitada de efectos políticos unidos a la memoria de la guerra del siglo XIX. Pero vista desde Santiago, Lima y su conflicto son aún lejanos. Por eso sorprende a la opinión pública en Chile la ofensiva retórica del presidente de Perú, que estropea unas complejas bases de entendimiento cuya preservación es del mayor interés para los dos países. ¿Cuán estropeadas quedaron ahora? Es difícil saber.
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